1.

 

ÀPOR QUƒ PERMITE DIOS EL

SUFRIMIENTO?

 

LA RESPUESTA BIBLICA A LA TRAGEDIA HUMANA

 

EL SUFRIMIENTO es un problema en la vida que afecta a todos. Un ni–o nace ciego, deforme o con discapacidad mental; y entonces surge la pregunta: ÀPor quŽ? El ni–o no ha hecho ningœn da–o.

 

Un hombre, o mujer, de excelente car‡cter y en la flor de la vida,  es atormentado por el dolor de una enfermedad incurable que s—lo puede terminar en la muerte. ÀPor quŽ Žl? ÀPor quŽ ella? Al menos a estas personas se les podr’a eximir.

 

Millones en el mundo sufren cuasi-hambruna y enfermedades en pa’ses de inmenso crecimiento demogr‡fico y poca producci—n agr’cola. Otros perecen o pierden su hogar en inundaciones y terremotos. ÀPor quŽ tienen ellos que sufrir?

 

La tiran’a del hombre y la destructibilidad de la guerra moderna han impuesto dolor, tortura y muerte sobre millones de seres indefensos. Incontables vidas se han perdido en actos de terrorismo por la brutalidad y los secuestros aŽreos. Siempre han ocurrido accidentes, pero la escala de desastres y calamidades naturales de hoy en d’a es a menudo abrumadora; un avi—n de pasajeros se estrella; una planta de extracci—n de petr—leo explota; el fuego atrapa a cientos en un tren subterr‡neo. La gente se pregunta: ÀPor quŽ lo permite Dios?

 

Las preguntas suben r‡pidamente a la mente, y a primera vista parecen razonables; no obstante, un franco an‡lisis de ellas muestra que presentan ciertas implicaciones. Implican que el sufrimiento en la vida humana es incompatible ya sea con el poder de Dios o con su amor; que como un Dios de amor, o no tiene el poder para evitar el sufrimiento o, si lo tiene, entonces no tiene la voluntad de usarlo, y, por lo tanto, no es un Dios de amor. Se asume que la eliminaci—n del sufrimiento, como el que est‡ afectando a seres evidentemente inocentes, es algo que deber’amos esperar de un Dios de amor, el cual tambiŽn es Todopoderoso. ÀSe justifican estas suposiciones?

 

Los Hechos de la Vida

 

Algunos hechos de la vida se deben tomar en cuenta antes de que tratemos de formarnos un juicio:

 

1.        El hombre vive en un universo de causa y efecto, y las consecuencias de ciertas causas son ineludibles. El fuego quema, el agua ahoga, los gŽrmenes infecciosos destruyen. Estos hechos tienen implicaciones morales. Los hombres viven en un universo en el que las consecuencias de lo que hacen son inevitables y, por lo tanto, su responsabilidad por lo que hacen es igualmente inevitable. Sin esta carga de la Ôley naturalÕ Žl podr’a hacer con impunidad lo que quisiera, y no habr’a responsabilidad. Dios hizo el universo de esta manera porque es un Dios moral, que hace a los hombres seres responsables con libre albedr’o para que elijan c—mo han de actuar.

 

2.        El descuido y mal uso que hace el hombre de su vida ha corrompido el desarrollo de la vida humana misma, y ha dejado males que afectan a las generaciones    subsiguientes. ƒstas, a su vez, como parte de la ley natural, pueden manifestarse en forma de debilidades y tendencias hereditarias hacia las enfermedades. La materia misma de la vida puede ser afectada al pasar de generaci—n en generaci—n.

 

3.        Las consecuencias de los actos de los hombres no son tan s—lo directamente f’sicas. Los males sociales y pol’ticos que el gŽnero humano ha creado en el transcurso de la historia han dejado una carga acumulativa en las generaciones subsiguientes. La gente hoy en d’a est‡ atrapada en una red de consecuencias de la historia pasada, e incluso cuando tratan de corregir un mal, provocan la aparici—n de otro:

 

ÒSabemos que toda la creaci—n gime a una, y a una est‡ con dolores de parto hasta ahoraÓ (Romanos 8:22).

 

ÀSe Deber’a Salvar a la Gente de s’ Misma?

 

Tomando en cuenta hechos como estos, debemos preguntarnos: ÀQuŽ es lo que en verdad estamos haciendo cuando exigimos a Dios que quite el sufrimiento? ÀNo estamos pidiendo que Dios (a) suspenda la ley natural, (b) desv’e las consecuencias hereditarias, y (c) quite de los hombres los efectos de la inhumanidad de los mismos hombres? ÀTenemos derecho de esperar que Dios salve a los hombres de las consecuencias de los actos humanos? ÀSer’a un universo moral si Žl lo hiciera?

 

Estas preguntas s—lo se pueden hacer con respecto a situaciones donde estŽ involucrada la mano del hombre. A los terremotos, tempestades, hambruna e inundaciones se les llama casos de Ôfuerza mayorÕ porque por lo general no hay otra explicaci—n acerca de por quŽ se produjeron. As’ que si miramos m‡s all‡ de los hechos humanos, al desastre natural, encontramos que afecta a todos, inocentes y culpables por igual. Tan pronto como empezamos a cuestionar el sufrimiento de las v’ctimas inocentes de  estos desastres, surge otro dilema. ÀEstamos diciendo que las calamidades deber’an ser selectivas en su operaci—n, eligiendo s—lo a aquellos que ÔmerecenÕ sufrir?

 

ÀUn Mal o un S’ntoma?

 

Reforzando todo el pensamiento general sobre el tema que se ha estudiado hasta aqu’, surge una suposici—n b‡sica: que el sufrimiento es malo en s’. Esta creencia de que el sufrimiento es el mal esencial se halla en la ra’z del budismo. El punto de vista b’blico es radicalmente diferente: el sufrimiento no es un mal en s’, sino que es un s’ntoma de un mal m‡s profundo. Las Escrituras describen al sufrimiento como una consecuencia del pecado; no necesariamente el pecado de la persona que sufre, sino el pecado en la historia del hombre y en la sociedad humana. Su origen es expresado sucintamente por el ap—stol Pablo:

 

ÒPor tanto, como el pecado entr— en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, as’ la muerte pas— a todos los hombres, por cuanto todos pecaronÓ (Romanos 5:12).

 

La sentencia que se impuso a la mujer despuŽs de la desobediencia en el EdŽn dice:

 

 

ÒMultiplicarŽ en gran manera los dolores en tus pre–eces; con dolor dar‡s a luz los hijos; y tu deseo ser‡ para tu marido, y Žl se ense–orear‡ de tiÓ.

 

Al hombre le dijo Dios:

 

ÒCon el sudor de tu rostro comer‡s el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volver‡sÓ (GŽnesis 3:16, 19).

 

La ense–anza es sencilla. Con la desobediencia del hombre se produjo un trastorno en la relaci—n entre el Creador y lo creado; la relaci—n entre Dios y el hombre est‡ desbaratada. El primer pecado produjo un cambio fundamental que afecta a todos con los males que son comunes al hombre. La muerte es universal: Dios no la modifica para nadie en particular. La ense–anza de la Biblia es que se ha dejado que los hombres actœen a su propia manera y sujetos a la operaci—n de la ley natural, aunque puede haber ocasiones en que un desastre natural es dirigido divinamente como un castigo para el hombre y adem‡s para la purificaci—n de la tierra. El ejemplo sobresaliente es el diluvio en los d’as de NoŽ.

 

Al mismo tiempo, es cierto que en la Biblia el sufrimiento adquiere un nuevo significado para aquellos que buscan servir a Dios; ellos est‡n en una nueva relaci—n con el Creador, y aprender‡n a ver la tragedia desde una nueva perspectiva. ÀCu‡l es?

 

La Experiencia de un Hombre Bueno

 

La respuesta se puede ver en el ejemplo de Job. Este es un hombre devoto que se ve afectado por el desastre en la pŽrdida de sus reba–os y ganado--la fuente de su riqueza; con la terrible desgracia de la pŽrdida de todos sus hijos de un golpe; y entonces es afligido con una penosa enfermedad que lo separa de los dem‡s. No obstante, Žl dice: ÒÀQuŽ? ÀRecibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?Ó (Job 2:10). ƒl reconoce el importante principio de que no puede pretender el bien como un derecho; no le corresponde a Žl decidir lo que har‡ Dios.

 

El Doloroso Problema

 

Sin embargo, llega el momento cuando el sufrimiento es tan inaguantable que parece que es preferible la muerte. En agon’a y desconcierto, Žl pregunta, en efecto: ÀPor quŽ vive un hombre si s—lo es para sufrir? Dios, que ha hecho al hombre, Àpuede destruirlo como un juguete que se ha dado de baja?

 

Los amigos de Job sostienen que hay una conexi—n directa entre el pecado de un hombre y su sufrimiento, y, por lo tanto, razonan que para sufrir de manera tan terrible, Job debe haber pecado gravemente. ƒl est‡ convencido de su propia integridad: es humano, pero sabe que no es culpable de los pecados que ellos tratan de atribuirle. No obstante, la filosof’a de sus amigos ha sido suficiente para que ahora sienta que est‡ sufriendo injustamente. ÀLo ha elegido Dios para presentarlo como un blanco para que le disparen? Porque, comparado con los dem‡s, sus sufrimientos parecen totalmente desproporcionados ante cualesquiera faltas que Žl pueda confesar. Le parece que su aflicci—n s—lo puede significar que Dios se ha vuelto contra Žl, y este problema moral se a–ade a su amargura. ÒProsperan las tiendas de los ladronesÓ; Àpor quŽ deber’an sufrir los justos?

 

Si Dios lo est‡ juzgando, Àes justo que Žl sea juzgado por una norma que la naturaleza humana no puede alcanzar?

 

Los amigos fracasan completamente en sus intentos por desestabilizar la convicci—n de Job de su propia rectitud, y finalmente dejan de debatir. Pero respaldando la contenci—n de Job est‡ su fe m‡xima en Dios, a pesar de todos los cuestionamientos, y su creencia en la justicia de Dios; y as’ Job obtiene la esperanza de que en otra vida, si no ahora, Dios, como su Redentor, lo defender‡ y estar‡ a su lado. Y as’ Žl incorpora un nuevo elemento en el debate cuando mira m‡s all‡ del sepulcro, hacia la resurrecci—n y la reconciliaci—n. Esa creencia, aludida ligeramente en el libro de Job, se expresa plenamente en otros pasajes tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y da una nueva perspectiva al problema. No obstante, no explica en s’ por quŽ hombres y mujeres sufren en esta vida.

 

Dios Habla al Hombre

 

Cuando se han acallado los amigos, y Job ha hecho su discurso final, el joven Elifaz entra en el debate. ƒl muestra que Job en su padecimiento ha impugnado la justicia de Dios, pero tambiŽn aporta una nueva luz al problema. Dios habla a los hombres (a) por revelaci—n, y (b) por el sufrimiento. Dios se comunica por sus propios conductos con hombres y mujeres y los lleva hacia Žl (lea Job 33:14:18).

 

 Elifaz dice que Dios habla a los hombres para la educaci—n espiritual de ellos, para que tengan una gu’a en su vida, y para preservarlos de la destrucci—n. ƒl quita al hombre de su prop—sito, y aparta la soberbia de Žl, alej‡ndolo de su falso curso de vida, porque la soberbia es la fuente del mal. En cuanto a los otros medios de comunicaci—n, Elifaz dice:

 

ÒTambiŽn sobre su cama es castigado con dolor fuerte en todos sus huesos, que le hace que su vida aborrezca el pan, y su alma la comida suave. Su carne desfallece, de manera que no se ve, y sus huesos, que antes no se ve’an, aparecen. Su alma se acerca al sepulcro, y su vida

a los que causan la muerteÓ (Job 33:19-22).

 

La descripci—n del sufrimiento concuerda perfectamente con lo que le ocurri— a Job, y Elifaz dice que incluso Žl necesita la disciplina aleccionadora y correctiva del Se–orÑno por los pecados espec’ficos imputados por sus amigos, porque Elifaz no los menciona, sino por una falta m‡s sutil. Elifaz ya ha aludido a ella, pues es el  pecado de la soberbia espiritual, y s—lo la experiencia del sufrimiento puede ponerla al descubierto como para culparlo de eso.

 

Dios Obra en el Hombre

 

Por lo tanto, el sufrimiento puede ser parte de los medios que utiliza  Dios para obrar en los hombres para el desarrollo de ellos y para llevarlos al conocimiento de Žl; y el resultado para Job fue un conocimiento nuevo e ’ntimo de Dios. ƒl pudo decir:

 

ÒDe o’das te hab’a o’do; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y cenizaÓ (Job 42:5-6).

 

Esta obra de Dios en el hombre debe ser de naturaleza individual; s—lo el hombre que sufre puede ganar esto como una experiencia personal. El problema mayor del sufrimiento permanece, y la œnica respuesta que se puede sacar del Libro de Job es que el hombre no puede poner en duda la majestad y sabidur’a de Dios; Žl es el Creador y el Sustentador de toda la vida, y sus obras sobrepasan el conocimiento del hombre. Es esta respuesta la que formula con tanto poder y belleza la voz que sale del torbellino en los cap’tulos 38-41.  El hombre no puede m‡s que aceptar que los caminos de Dios est‡n m‡s all‡ de su entendimiento.

 

ÒÀAcaso Teme Job  a Dios de Balde?Ó

 

Por lo tanto, aunque el Libro de Job no ofrece una respuesta sencilla al problema del sufrimiento, este ha sido elevado a un nivel m‡s amplio. S—lo por la pŽrdida de sus propiedades y por el sufrimiento pod’a saber Job que Žl no serv’a a Dios por amor a casas, tierras, ganado y reba–os, o incluso hijos.  Ni siquiera le serv’a por amor a su piel, su riqueza y bienestar. Adoraba a Dios por lo que Žl es, y a pesar de todas las palabras vanas que salieron de su mente y cuerpo atormentados, ten’a una m‡xima creencia en la justicia y fidelidad de Dios. Fue s—lo cuando qued— despojado de todo  que  realmente supo que Dios era su œnico refugio, y en ese descubrimiento Žl qued— triunfalmente reivindicado contra la calumnia del adversario representado en los tres amigos.

 

La fe de Job en Dios fue puesta a prueba, y por la prueba su fe qued— templada como el acero. Fue por su aceptaci—n final de la sabidur’a de Dios, y por aprender que la fe pod’a desarrollarse por medio del sufrimiento, que Job lleg— finalmente al m‡s pleno conocimiento de Dios.

 

Algunas Conclusiones

 

Las conclusiones que se pueden sacar de lo que se ha considerado hasta ahora se pueden resumir como sigue:

 

1.           El hombre vive en un universo ordenado de causa y efecto, y debe aceptar sus consecuencias; y desde que el pecado entr— en la vida humana estas deben incluir el sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento tal vez no estŽ relacionado directamente con el pecado del sufriente, pero puede ser el resultado de las acciones de generaciones anteriores.

 

2.           Al mismo tiempo, el universo es de un Dios de sabidur’a y amor que puede guiar y controlar el sufrimiento de aquellos que lo buscan a fin de llevarlos a un conocimiento m‡s profundo de Žl.

 

Una Disciplina Divina

 

Es a la luz de esta œltima conclusi—n que podemos entender un pasaje en la Carta a los Hebreos, basado en un dicho del Libro de los Proverbios:

 

 

ÒY habŽis ya olvidado la exhortaci—n que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo m’o, no menosprecies la disciplina del Se–or, ni desmayes cuando eres reprendido por Žl; porque el Se–or al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soport‡is la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ÀquŽ hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los vener‡bamos. ÀPor quŽ no obedeceremos mucho mejor al Padre de los esp’ritus, y viviremos? Y aquellos ciertamente por pocos d’as nos disciplinaban como a ellos les parec’a,  pero Žste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero despuŽs da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levantad las manos ca’das y las rodillas paralizadasÓ (Hebreos 12:5-12; Proverbios 3:11-12).

 

Le’do en su contexto, el pasaje se explica solo. El sufrimiento y las pŽrdidas son comunes al hombre, pero para los hijos de Dios estas est‡n dirigidas por su Padre Celestial como una disciplina espiritual, y como tal son la expresi—n de su amor.

 

ÀSufre Dios?

 

Una etapa m‡s se puede alcanzar en el entendimiento del sufrimiento. Es que Dios mismo est‡ involucrado en el sufrimiento del hombre, porque por causa de su amor Žl dio a su propio Hijo para que muriera por ellos, lo que le hizo sufrir a Žl tambiŽn. Jesœs era totalmente inocente, no contaminado por el pecado de ninguna clase, no obstante  voluntariamente puso su vida, sufriendo injusticia y crueldad por amor a sus amigos:

 

ÒY como MoisŽs levant— la serpiente en el desierto, as’ es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en Žl cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera am— Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigŽnito, para que todo aquel que en Žl cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envi— Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por ŽlÓ (Juan 3:14-17).

 

ÒNadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigosÓ. Incluso Dios no pod’a tener mayor amor que dar a su amado Hijo al sufrimiento de la cruz para la redenci—n de los hombres.

 

Por lo tanto, es cierto decir que incluso Dios sufre, y as’ se puede entender el dicho del profeta referente a la relaci—n de Dios con Israel:

 

ÒEn toda angustia de ellos Žl fue angustiado, y el ‡ngel de su faz los salv—Ó (Isa’as 63:9; vŽase tambiŽn Jueces 2:16).

 

ÀPor QuŽ no Interviene Dios?

 

El Dios de Israel no es una Primera Causa remota e impasible; su Esp’ritu Santo puede afligirse, puede conmoverse con ferviente compasi—n. ƒl puede amar con un amor eterno. Todas estas son expresiones b’blicas, y revelan a Dios como la Personalidad suprema que, por su santa trascendencia, puede entrar en la vida de hombres y mujeres que Žl ha creado.

 

A menudo la gente pregunta: ÀPor quŽ no interviene Dios para detener el sufrimiento; para poner fin a las guerras, para eliminar las enfermedades, etc.? Por supuesto, Dios efectivamente interviene en los asuntos humanos; muchas veces ha mostrado su poder en la historia. Pero hay un l’mite para esta intervenci—n; le ha permitido al hombre el libre albedr’o, y  le permite que use ese libre albedr’o para bien o para mal.

 

Dios intervino en la historia de su pueblo escogido, Israel, y les dio oportunidades especiales para que lo adoraran a Žl y sean sus testigos. ƒl les confi— su revelaci—n y las promesas y profec’as de un venidero Mes’as.

 

Dios Envi— a su Hijo

 

As’ fue que, aproximadamente 2000 a–os atr‡s, Dios intervino en la vida e historia del hombre dando a su Hijo Jesucristo para que participe del sufrimiento humano al m‡ximo a fin de llevar a cabo la redenci—n del pecado y de la muerte. Cristo vino y tom— sobre s’ la vida y naturaleza del hombre; comparti— nuestra experiencia y soport— las tentaciones internas y las aflicciones externas que son la herencia comœn de todo el gŽnero humano:

 

ÒPorque conven’a a aquel [... perfeccionar] por aflicciones al autor de la salvaci—n de ellos [...]. Por lo cual deb’a ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto Žl mismo padeci— siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentadosÓ (Hebreos 2:10-18).

 

ÒY aunque era Hijo, por lo que padeci— aprendi— la obedienciaÓ (Hebreos 5:8).

 

Al aceptar el sufrimiento en obediencia a la voluntad de Dios Žl lo elev— a un nuevo plano, y ya no lo mostr— m‡s como el m‡s grande de los males, sino como un medio para un fin; porque por el sufrimiento, en su perfecta obediencia a Dios, Žl venci— el poder del pecado en la naturaleza humana, y as’ hizo posible la resurrecci—n de los muertos a vida eterna con el Padre. En esto Žl obtuvo la perfecci—n, una fe examinada y puesta a prueba, la obediencia en su plenitud, totalidad en el amor de Dios y en el servicio del hombreÑun ejemplo para todos sus seguidores.

 

Perfecto Por Medio del Sufrimiento

 

ÒPues para esto fuisteis llamados; porque tambiŽn Cristo padeci— por nosotros, dej‡ndonos ejemplo, para que sig‡is sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se hall— enga–o en su boca; quien cuando le maldec’an, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llev— el mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanadosÓ (1 Pedro 2:21-24).

 

Y Òhabiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvaci—n para todos los que le obedecenÓ (Hebreos 5:9). ƒl es el autor, la  fuente, la causa de una salvaci—n que los hombres no pueden lograr por s’ mismos, ya que por causa de su sacrificio aquellos que vengan a Žl en busca de vida son aceptados por la gracia de Dios como miembros de Cristo. Y as’, como Cristo resucit— al tercer d’a, hay una resurrecci—n espiritual a nueva vida para aquellos que se bautizan en Žl, y la esperanza de la resurrecci—n f’sica y un cambio a la inmortalidad en el d’a en que Žl regrese.

 

ÒParticipantes de la Naturaleza DivinaÓ

 

Si hombres y mujeres hab’an de llegar a ser Òparticipantes de la naturaleza divinaÓ (2 Pedro 1:4), levantados del pecado a un nivel donde verdaderamente pod’an conocer a Dios, disfrutar de comuni—n eterna con Žl y compartir su vida incorruptible, entonces s—lo Dios sab’a c—mo se pod’a alcanzar esto en forma compatible con su propia majestuosa santidad. Era una condici—n que requer’a que diera a su Hijo para que muriera en la cruz.

 

Entonces, si Dios sufri—, y si, en obediencia al Padre, Cristo sufri— hasta la muerte, todo el problema del sufrimiento del hombre se eleva a un nuevo nivel. Sin fe en Dios, el sufrimiento es un mal que se debe soportar. Con fe, y el ejemplo del Hijo de Dios, el sufrimiento puede purificar y ennoblecer, y ser un medio por el cual Dios acerca m‡s al sufriente a su presencia. El castigo del Se–or puede ser en verdad una educaci—n divina.

 

Todas las Cosas Nuevas

 

Si el Hijo de Dios sufri—, Àpueden esperar los hombres ser una excepci—n? Pero m‡s all‡ del sufrimiento estaba la resurrecci—n, y m‡s all‡ de la resurrecci—n vendr‡ el reino de Dios cuando Cristo vendr‡ a reinar, tomando para s’ a aquellos que ya se han comprometido como seguidores suyos.

 

Esta vez el establecimiento del reino est‡ muy cerca. Pero las propias palabras del Se–or y muchas otras profec’as dejan en claro que la venida de Cristo ser‡ precedida por una gran tribulaci—n para el mundo, y sin duda tambiŽn para sus disc’pulos:

 

ÒPorque habr‡ entonces gran tribulaci—n, cual no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habr‡. Y si aquellos d’as no fueren acortados, nadie ser’a salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos d’as ser‡n acortadosÓ (Mateo 24:21, 22).

 

Pero cuando aparezca el Se–or Jesucristo, Žl purificar‡ la tierra de todo mal, quitar‡ todo pecado y ego’smo, eliminar‡ las enfermedadesÑy finalmente pondr‡ fin a la muerte. Reinar‡ para Dios y quitar‡ el sufrimiento para siempre. Entonces se cumplir‡n las palabras que oy— el ap—stol Juan en Patmos:

 

ÒY o’ una gran voz del cielo que dec’a: He aqu’ el tabern‡culo de Dios con los hombres, y Žl morar‡ con ellos; y ellos ser‡n su pueblo, y Dios mismo estar‡ con ellos como su Dios. Enjugar‡ Dios toda l‡grima de los ojos de ellos; y ya no habr‡ muerte, ni habr‡ m‡s llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron, y el que estaba sentado en el trono dijo: He aqu’, yo hago nuevas todas las cosasÓ (Apocalipsis 21:3-5).

 

Para aquellos que responden al llamado del amor de Dios, el camino del sufrimiento puede ser el camino de la vida, y ese es el prop—sito œltimo de la existencia del sufrimiento en el mundo. El llamado aœn est‡ vigente; aœn hay oportunidad para todos los que est‡n buscando la esperanza m‡s all‡ de este mundo imp’o actual, para encontrarla en las Ôbuenas nuevasÕ del evangelio.

 

No es infrecuente o’r la sugerencia de que el perd—n viene tan pronto como creemos, en otras palabras, sin el bautismo. Sabemos con certeza que eso no es cierto. Saulo de Tarso aprehendido por Jesœs mientras aquel viajaba a Damasco donde se propon’a perseguir a los cristianos. El Camino de Damasco ha llegado a ser un s’mbolo de la conversi—n y, err—neamente, para el perd—n de los pecados. A Saulo no se le perdonaron sus pecados en ese camino, y en las Escrituras se nos ense–a que tres d’as despuŽs Žl todav’a ten’a sus pecados. No fue sino hasta que fue bautizado que sus pecados fueron perdonados:

 

ÒÀPor quŽ te detienes? Lev‡ntate y baut’zate, y lava tus pecadosÓ (Hechos 22:16).

 

El perd—n viene s—lo por la muerte de Cristo. Se nos ha dicho que cuando creemos y somos bautizados, verdaderamente quedamos unidos a la muerte de Cristo. Es claro que cuando Felipe el evangelista predic— al eunuco et’ope acerca de Cristo, Žl predic— todo acerca de Cristo y acerca del bautismo porque el et’ope exclam— de repente: ÒAqu’ hay agua; ÀquŽ impide que yo sea bautizado?Ó (Hechos 8:36). Para nosotros el mensaje es sencillo y claro: ÒEl que creyere y fuere bautizado, ser‡ salvoÓ (Marcos 16:16).

 

Su Crisis y la Cruz

 

Tarde o temprano todos llegamos a la crisis. Para muchos, lamentablemente, es la crisis de la muerte, por no haber cre’do en el Se–or Jesucristo y su poderosa obra salvadora y futuro glorioso. Para Ud., no tiene por quŽ ser as’. Su futuro est‡ ahora en sus manos porque la obra de Cristo lo ha colocado ah’. Su crisis es decidir si lo que ocurri— en JerusalŽn alrededor de 2000 a–os atr‡s es la respuesta de Dios al dilema humano. Jesœs dijo: ÒSeparados de m’ nada podŽis hacerÓ (Juan 15:5). Eso todav’a es cierto, y siempre lo ser‡.

 

La vida sin Cristo termina en una muerte cierta y desesperanzada. ÀPor quŽ aferrarse a eso? Es como rechazar el salvavidas cuando uno est‡ hundiŽndose en el ocŽano. Dios quiere salvarnos por medio de Cristo y darnos vida eterna en su reino aqu’ en la tierra cuando Žl regrese a la tierra. ÀPor quŽ no aprovechar esta oportunidad dorada?

 

Jesœs nos indica el camino:

 

ÒSi alguno quiere venir en pos de m’, niŽguese a s’ mismo, y tome su cruz, y s’game. Porque todo el que quiera salvar su vida por causa de m’, la hallar‡Ó (Mateo 16:24-25).

 

Para aquellos que creen estas cosas y se bautizan, y prometen caminar en las pisadas de Cristo, la crisis ha pasado. Los pecados son perdonados y entonces podemos caminar por el camino de Cristo a vida eterna.

 

ÁQuŽ gloriosos futuro! AfŽrrese a Žl con toda su fuerza y camine con Jesœs.

 

H.T.